De bolsillos y adelfas


Llegué a la parada y sentado se encontraba un típico señor mayor. De estos con camisa blanca/gris con bolsillo, barba a medio afeitar y cara de despistado, con bolsa y mirada sin definir- para mi incertidumbre.

Me senté en el banco a la espera -interminable, como casi siempre- del autobús de mediodía.

Buenos días, Buenos días. Hay que ver lo que tarda el autobús… Ya… Hoy el tiempo se está comportando, porque vamos… Ya, claro…

Me quité el casco izquierdo a modo de respeto y también por seguridad personal, por lo menos para saber a qué estaba asintiendo yo tan alegremente. De repente, mete la mano en la bolsa. Saca una flor sospechosa de ser una de esas adelfas venenosas arrancadas de cualquier muro desorbitado y me la ofrece.

Para ti, un regalo.

Mi cara: sin comentarios. Mi mano: temblorosa de padecer picores innecesarios. Mi gracias fue algo raro, mezcla de alegría solidaria y ¿pero qué co******? Pero ahí no queda la cosa, sin haberme recuperado del adelfa-susto, el original anciano introduce la mano en el bolsillo, saca una galleta (SÍ, exacto) y me la tiende.

¿Has desayunado? Toma, una galleta.

Mi reacción: mezcla de “¿Voy a desafiar uno de los principios ancestrales de aceptar un caramelo(=galleta) de un desconocido?” y “No me puede estar pasando a mí…”.

No, gracias, ya he desayunado, gracias… Para indigestiones mezcla de envenenamiento y enfermedades innombrables siempre hay tiempo.

En shock y después de rechazar una y mil veces la saludable galleta estaba yo cuando llegó un ser de parada mezcla del primero y tercer grupo y zalameramente propinó unos revitalizantes Buenos días, ¿cómo estamos hoy?.

El señor de la galleta movió la mano (mi mente: ¿bolsillo o bolsa?)… ganó bolsa, le tendió otro especimen florístico y la mujer lo recogió con la familiaridad de los picores de manos diarios a consecuencia de una buena educación.

¡Hombre, ya la estaba echando yo de menos hoy!

Hablaron de nada y del tiempo, vamos, de nada y llegó el autobús. Me senté al lado de la ventanilla, me volví a colocar el auricular izquierdo y la música fue difuminando el cuadro abstracto que acababa de vivir… Por un lado, me sentí afortunada, porque solo me había ofrecido la galleta a mí y, por otro, me repetí que tenía que intentar comprarme un coche ya. De esto ya han pasado algunos años; y sigo repitiéndomelo.

Y es que cuando tu madre te despide diciéndote “Ten cuidadito, hija”, nadie piensa en posibles hombres de 80 años recién salidos del geriátrico más cercano con galletas mortíferas en busca de una misa de 12…

Efectivamente, esto ya no es lo que era, qué va…

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3 Responses to De bolsillos y adelfas

  1. Irene says:

    eres caperucita y él es el lobo jajaja.

  2. matgor86 says:

    jajajajaj me parto contigo Bel, ¡pero qué desconfiada eres! jajajaja

  3. Pingback: De marmotas y desiguales « Otros cuentos

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