Apuntes, mala suerte…


El martes y 13 se escapa y sorprendentemente no trae nada especialmente más malo… ¿Para qué ya, verdad?

Me duele la barriga, la cama me llama y en mis altavoces peligrosamente altos suena una canción de esas de las que solo me sé el tarareo de toda la vida, aún tras años de cabezas entre diccionarios, y de las que Facebook no para de chivaros. Mi corazón me duele, no sé si lo justo y necesario, y no me acostumbro a la vida tal cual, a la de vivir como si no hubiera mañana -porque ayer no lo hubo- y a lo de que las causalidades y el destino son cosa de ilusos y de personas felices.

La ventana me mira a medio cerrar y yo me pregunto cuándo volverán de nuevo mis lágrimas a ser de felicidad, a que no me duela la espalda por trabajar hora tras hora sentada al estilo indio -que catearía toda inspección de higiene laboral digna de confianza- y por qué demonios -o cualquier otra traducción más natural- sigo escribiendo estos post tan desamparados en noches tan preciosas como esta calurosa de agosto.

Será porque será, ni más ni menos…

Por cierto, el día fue mejor que de costumbre, no hubo casamientos o embarques, pero sí alguna que otra risa y dos o tres recuerdos dignos de mención. No escuché a ningún felino maullar bajo escaleras en desequlibrio y el último gato aún me sigue esperando, a lo mejor algún día os lo presento… ¿Y el tuyo?

Felices últimos minutos de este fortuito día de mala suerte…

Os quiero, como de costumbre y, sorprendentemente, como siempre.

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