Ocho apellidos vascos….


 

… o cómo querer volver a reírse de nuevo con una película en el cine.

No había visto el tráiler ni una crítica ni ningún anuncio en la tele -exacto, Telecinco y yo no… Nada personal 😉 -. Ni siquiera sabía quiénes eran los actores hasta que no he visto el cartel en el cine. Solo sabía que iba de un andaluz y una vasca, que era a lo comedia española y que todo el mundo decía que tenía que ir a verla. Y cuando digo todo el mundo, es TODO EL MUNDO: es increíble como el boca a boca puede seguir siendo la clave de películas como esta.

Nada más llegar al cine, veo que no hay una ni dos salas… sino que son tres salas las que ofertan la misma película con una variedad de horarios apabullantes para lo que me tenían acostumbrada, y más para una españolada… En la taquilla comprando las entradas, mi madre, como siempre, en la parra me dice: “Niña, ¿pero le has dicho a qué película vamos?”. “Ocho apellidos vascos, “, dice el vendedor, “todo el mundo viene a esa. Está siendo una pasada, y eso que ya se va relajando la cosa, porque estas semanas atrás ha sido una locura. La verdad que no lo entiendo”. O algo así fue la conversación, mi memoria tan poco da para más exactitudes.

El caso es que lo sigo flipando cuando la sesión del sábado a las 17h del cine está a abarrotar, con un día soleado como pocos afuera y con lo caro que está la entrada. Familias, chavales, parejas, grupos de amigos de todas las edades, madres e hijas… Y desde el principio, desde el primer minuto, un no parar de reír: es increíble encontrarme a mí misma riéndome de estereotipos que, a simple vista, siempre me habían dado un coraje horrible…

Pero necesitamos reírnos, pagar por ver algo que nos despeje de la realidad, con el que nos sintamos identificados aunque solo sea para pensar “¿de verdad hablo yo así?” y esas cosas inevitables de vernos en los ojos de los otros. Los dramas, las obras maestras y los pelos de punta los dejamos para las cenas de gala y las alfombras rojas de turno. De vez en cuando, necesitamos risas y alboroto, escuchar carcajadas, cuchilleos al de al lado comentando un chiste, alegría constante y bromas tras otras sin que resulten pesadas y sin que te pongan nerviosa.

Es previsible sin llegar a ser cansina, es de topicazos sin llegar a ofender y hace reír como cualquier club de la comedia de hora y media que se precie; con pantalla de cine y con una fotografía preciosa.

El resumen no es más que una frase que una crítica que acabo de leer por el ciberespacio:

  Solo sé lo que le diré a mi mujer: “Te vas a reír”. Como si eso fuera poco hoy en día.

Mi sensación: me he quedado con ganas de verla de nuevo para disfrutarla

sin estar pensando en que me voy a -LITERALMENTE- evacuar de un momento a otro de la risa…

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