Gilipolleces


Se lavó con el champú de él, que olía mejor que el de ella-sería su pequeña travesura del día-, y pensó que debía afeitarse los sobacos inminentemente. Se rió atrevida por lo soez que sonarían sus pensamientos en alto. Gilipolleces. Se relió la toalla a la cabeza cual hipnotizadora de serpientes y siguió tarareando su canción de la semana. Volvió a torcer el morro con cualquier chorrada, como tan bien sabía hacer. Salió al salón, pensó en el algidol que debía tomarse en un par de horas y en si el resfriado común seguiría con su lucha particular por mucho tiempo. Lo miró, le dijo alguna banalidad de esas tocapelotas que tanto lo hacían rabiar y cogió el portátil. Se puso los cascos y la escuchó de nuevo; aún-solo aún- no se sabía el estribillo de memoria. Sonrió. De repente, él se estaba partiendo el culo, estaba envuelto en humo y ella supo que la tortilla quemada casaba genial con una vida maravillosa.

Porque la vida está compuesta de gilipolleces, tuyas y mía. Aunque no leas esto en la vida. Y eso que rima. Y todo 😉

Porque somos él y ella (el ser humano es aburrido, hij@), porque nunca glorificamos las pequeñas tonterías de cada día y solo protestamos cuando nos salen las cosas medio bien. Porque acabo de redescubrir esta preciosa voz y no paro de escucharla y porque me encanta dar explicaciones, porque…

Ya lo sé, porque solo son gilipolleces.

 

Sin título

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Otra historia que contar


Hoy tenía pensado en contaros que cómo un día cualquiera se había convertido en un día de esos rutinarios con encanto.

Cómo, a pesar de la lluvia y la tempestad, me dispuse a arreglar papeleo contra viento y marea-literamente- buscando una cita inexistente en una calle en la que, según las leyendas del lugar, solo Google Maps conocía. Os iba a relatar la maravillosa historia del porqué no me pude resistir a pedir 1/2 tostada con tomate y jamón al ver al camarero creando maravillosos platos con bellezones para alimentar a un banquete entero. Luego, pensé también en añadir la risa que me tuve que contener al ver a uno de esos “hombres mayores de pueblo” plantarse en medio de la calle  y decirme algo así como “¡mira qué guapa está ella con su gorra!” porque sí salido de la nada o como, misteriosamente, le compré a mi madre un rimel-hacendado-transparente  porque me gustó las letras rositas que tenía y resultó que, mágicamente, justo esta mañana se le había acabado uno y la cara que puso al ver que precisamente le había comprado uno, aludiendo a mis poderes sobrenaturales a los que modestamente les resto importancia…

La historia continuaba con maldiciones y perjurias a la maravillosa idea de Window de dejar de dar soporte al XP y cargarme con más trabajo del que ya tengo.

Sin embargo, el cuento aburrido del día iba a acabar con que había sido uno más, un día cualquiera de esos que te sacan sonrisas, pero que no dejan de traernos preguntas sobre quiénes somos y lo que queremos ser, sobre lo sencilla que es la vida a veces y lo que nos la complicamos y ese tipo de cosas. Pero no, mi historia no acaba aquí.

Finalmente, me decidí por ponerle fin a un destierro de cuatro días de las redes sociales por evitar spoilers indeseados. Me dispuse a verme los cinco capítulos de una de las series que más me ha marcado, con la que más he reído, con las que -creo- menos he llorado, pero con la que mejor me lo que pasado con diferencia. No voy a hablar de finales, sino de principios. Rara vez me acuerdo de cuándo empecé a seguir una serie, más que nada, porque sería difícil seguir la pista a tantos capítulos pilotos. Y definitivamente, sí que me acuerdo de los primeros minutos de esta. De esa voz en off y de cómo me enganchó desde el primer segundo. No creo que se pueda conseguir un final excelente para algo que nos ha acompañado durante tantos minutos. Más que nada, porque sería injusto. Los finales son solo formas de bajar el telón de forma elegante y de dar algo de consuelo. ¿De verdad que se consigue tal cosa alguna vez? Hace una hora que sus guionistas se han despedido de mi carpeta de archivos nuevos y no siento un vacío, sino una historia que contar. Como la del día de hoy, rutinario como tantos, pero imprescindible como todos.

Debería poner la alarma de mi rutina  y bajar la persiana por hoy, a ver si mañana quedan más historias que contar.

It’s gonna be legend… wait for it… dary 😉 That’s for sure.

The story of my life


Este post es un breve recordatorio de que la vida, por muy lluviosa o gilipollezca que parezca a veces, puede seguir siendo maravillosa.

Es un tener presente que, aunque descubras un domingo a las 00:20 de la noche que una de las canciones que tarareas a menudo es el producto de un ataque de hormonas con gomina y te sobresalte la duda de si aún tienes activado el botón de “todo-el-mundo-sabe-en-facebook-lo-que-escucho-en-el-spotify-menos-yo”, la vida puede seguir siendo divertida.

Este es, en definitiva, un buenas noches después de un día de seguir comprendiendo que las lágrimas, por muy amargas que parezcan, siempre son purificantes; siempre te ayudan a sacar algo bueno y a verte más guapa cuando te ríes. “Llorar es bueno, limpia los ojos y el alma”, me dijo alguien a quien quiero mucho. No lo borro del posit de mi escritorio desde entonces.

Espero que hoy hayas reído mucho, llorado otro tanto y enfadado lo menos posible. Yo lo he cumplido todo a rajatabla, así que me voy a la cama tranquila. Eso sí, cuando deje de mover la cabeza al son de la música sentida cual perrito de plástico feliz porque… acabo de descubrirme llorando al ver un videoclip que jamás pensé que a) vería entero y b) me gustaría.

…The story of my life, anyway…

Drama Queen y el alquiler perdido


Llega un momento en todo espécimen cada vez más raro de ser humano que se precie en el que tiene que empezar a plantearse abandonar el cómodo nido y ponerse en la búsqueda de un nuevo hogar. Es la época plateada que pensabas que no llegaría: Ikea empieza a formar parte de tu vida y las conversaciones entre amigos dejan paso a “he encontrado la cortina del baño perfecta” o “mi plaza de garaje es más grande que la tuya”. Te consuelas pensando que, por lo menos, no eres tan aburrido como aquellos que no paran de hablar de pañales y noches sin dormir, pero no es lo mismo… Te haces mayor (da igual si tienes 27 como si tienes 42). La vida ya no consiste en encerrarte en tu cuarto y taparte con la almohada cuando algo va mal, ahora te apetece tener una cocina grande con un buen frigorífico para tener fresquitas tus propias cervecitas. Te imaginas haciendo fiestas en las que tienes que cantar bajito en el karaoke a partir de las 12 y jugando al UNO con chupitos de licor sin alcohol por no cogerla “como la de aquella vez”.

Tu vida está cambiando y no hay vuelta atrás.

Y a esto no contribuye, en absoluto, ver los incesantes realities televisivos de pacotilla que dañan seriamente la salud de tu cerebro inconformista. Y no, no me refiero a casas repletas de frescas y chulos de playa, modelos 120-50-90 con cirugía en las pestañas intentando perder peso o a cómo hacer el “pollo au Hacendado” perfecto. Voy más allá: mi mundo mental se derrumba al no encontrar a ningún agente inmobiliario que me regale unas vacaciones en las Bahamas mientras que me hace la mudanza y me encuentra la casa, literalmente, de mis sueños por 415 euros al mes (comunidad incluida).

Me da igual que te rías, pero así de preocupada estoy yo ahora con el tema. Quiero muros que tirar con martillos de plástico para dejar paso a una magnífica cocina con electrodomésticos de titanio de primeras marcas y un bate que me congratule con una acordes celestiales cada vez que tiro de la cadena. Todo ello con música marchosa y planos cortos con mi mejor pose. Quiero una zona REALMENTE bien comunicada, con todos los servicios (sí, también el de catering incluido si el casero accede) y, a ser posible, con la cristalera del salón mirando a las montañas de Hollywood. Bueno, y ya de paso con un montacargas para el jet privado para que las comunicaciones terminen de ser óptimas.

Necesito, por supuesto, un despacho con calidades de lujo (una no subtitula en cualquier sitio) y absoluta intimidad, nada de vecinos indiscretos o de niños ruidosos. El garaje tiene que ser lo suficientemente amplio para la limusina (sí, esa que tendré cuando me toque el cupón que nunca compro) y con un jacuzzi que, por favor, tenga respaldo regulable.

Todo tendrá un sistema de autolimpieza-recoge-mierda-automático que, junto con un sistema domotizado, me dará los buenos días por las mañanas mientras el microondas me avisa con voz sensual de que mi café estará listo en breve.

En cuanto a la búsqueda, nada de anuncios cutres de Internet de segunda mano, mi obsesión me pide varios tipos de cuadrillas con agentes inmobiliarios trabajando para mí. A elegir entre:

a) Un trío compuesto por dos fashion decoradores con grandes aires de grandeza que me insulten por cómo tengo el actual cuchitril en el que vivo y me repitan por activa y pasiva que JAMÁS de los JAMASES podré emular mi estilo en mi nueva casa. Les acompañará Lilian, que se convertirá en mi nueva amiga del alma, a pesar de las discrepancias al comienzo por el color de las paredes, y que aportará el alma  femenina al hogar. La sexualidad de los integrantes no me importa, no soy fetichista. Que huelan bien, eso sí.

b) Una pareja compuesta por dos cuarentones con aspiraciones a actores de cine truncados que se apuestan grandes cantidades de dinero a ver quién nos salva primero el culo. Ni qué decir tiene que arriesgarán su vida con los contratistas más peligrosos por conseguir la casa de nuestros sueños más soñados a buen precio. Estarán dispuestos a cambiarse incluso las caras para regalarnos los ojos mientras van al Ikea a buscarnos los muebles y se apuestan 20 euros al bidé que nos gustará más o al lavavajillas perfecto.

c) Una cuadrilla integrada por A y B que nos encuentre una casa debajo de un puente con aire acondicionado y cierre centralizado… Pero, eso sí, con glamour: debajo del Golden Gate por lo menos, con magníficas vistas a Alcatraz.

Conclusiones: llorar no sirve de nada (si lo hubiera sabido antes.. ¬¬), y tampoco que te entre ansiedad ante tanto mueble usado o ventana traslúcida incompetente o qué sé yo… Que tus parientes, a los que adoras, pongan caras raras y te miren como diciendo: “¿De verdad que te gusta esta mierda?” y que te entre el remordimiento por pensar que estás malgastando un tiempo precioso metidas en casas de otras gentes cuando deberías estar metida en la tuya no debe poder contigo.

Lo sé, esta telebasura es lo que tiene. No fuman ni se emborrachan ni follan (nótese mi tono pasivo-agresivo de hoy) ni dicen palabrotas, pero te envían el peor mensaje de todos:  al final, todo tiene su final feliz. Pero, amig@, la vida en realidad no es así… aunque te veas sonriendo al ver que no hay cola en el Mercadona después de 10 horas en la oficina.

Go to bed…


Y es que secándome el pelo he llegado a la conclusión de que, en efecto y sin ningún tipo de dudas, las contradicciones abundan en mi vida (sí, lo sé, seguramente también en la tuya, pero hoy estoy egocéntrica).

Es de noche, el trabajo no me ha dado tregua y solo tengo ganas de echarme en la cama, ponerme mis auriculares inalámbricos y darle al play de mi último hallazgo serístico, pero ahí apunto una de mis más flagrantes contradicciones de hoy:

1) Llevo desde hace mil  en un pueblo donde el transporte público es una K_K barata.

2) Llevaba sin tener coche desde siempre.

3) Tenía que depender de la K_K y  colindantes causas-efectos para sobrevivir al día a día.

4) Ahora, tengo coche.

5) Me quiero mudar.

6) Me empeño en buscar una casa donde llegue el autobús a menudo por si algún día dejo de tener coche.

7) Conclusión: no coche=no autobuses/ coche= autobuses…

8) Puede sonar guilipollezco plasmado aquí, pero en mi cabeza esta mañana sonaba cual ángeles trompeteando tras encenderse una lucecita trascendental en mi vida.

Conclusión: Me voy a ver  “The Mindy Project”, que me está encantando, y os dejo con otro de los hallazgos del día de la mano de un alumno, que me ha amenizado el café de 50 céntimos y ha hecho recobrar un poquito de sentido al trabajo de oficina 🙂 Por lo visto es mítico y un clásico, pero se ve que yo no soy mucho de vintage.

Extra:

Y es que últimamente…


No ando algo perdida, no…  Últimamente, lo que veo es tanta comida en HD que mis sentidos se están refinando y mi paladar se ha vuelto bastante exquisito; el chef Ramsay se ha vuelto indispensable en la sobremesa de mis críticas culinarias y no dejo de pensar a qué sabrá una tortilla de patatas de la buena con cilantro, chile picado y aceite de maíz…

En fin, qué os voy a contar. Me imagino que en épocas de escasez y poco dinero para festejar fuera, el espécimen del primer mundo  (a.k.a. , una servidora) necesita inspiración y volar su imaginación; pensar cómo cambiaría la vida un delantal blanco con mi nombre y una fritatta deconstruída. Es cierto que años atrás, el cantar era mi fuerte y mis carpetas lo flipaban con las fotos del Busti (sí, era una de ESAS) y los chascarrillos del Perea… Y al igual que otros lo flipaban con los bailes o con los programas de chistes a destajo, lo cierto es que ahora la moda está en la comida, en saber emplatar, en adornar cupcakes y en intentar no engordar mientras te tienes que comer lo que el tiempo libre te ha jugado.

No es plan de que os cuente mi vida, ¡es un blog, por el amor de Dios! Pero sí que os voy a dejar por aquí mi TOP 3 de últimamentes que merecen mención de honor al mejor descubrimiento de lo que va de año, por si os interesa incluirlos a los vuestros. Eso sí, el MasterChef lo obvio, porque por hoy ya estoy llena…

Etiquetas ¿nuevas?


Vuelven los días de entradas nocturnas y de fin de fiestas frente al ordenador; los  “miércoles, ¿o eran jueves?” y los días de intentar ocupar mi tiempo de la forma más productiva posible. Se acabaron las salidas imprevistas en días de guardar y las largas colas descompensadas por cumplir regalos e ilusiones.

Otros comienzos, otras sombras de ojos y perfumes iluminarán mi mirada, pero espero que mi sonrisa siga manteniéndose impune a pesar de las tormentillas que -espero que no- acarreen este año.

Mi no propósito de año nuevo es seguir escribiendo algo decente e intentar rebajar mis comeduras de coco al 10% al menos. Los Reyes han sido excelentemente buenos conmigo y yo, a cambio, les debo aferrarme a la certeza de que la vida, por difícil que parezca a veces, es el regalo más preciado que nos ha tocado disfrutar. Sí, lo sé, ya me callo…

…y no apretéis mucho al peluche nuevo con la etiqueta puesta, a ver si se os va a clavar… Buenas nochecitas 😉